Reflexciones

No es tan absurdo

Hace algún tiempo, un hombre me dijo: – Moody, la doctrina que usted predica es de lo
más absurda. Usted afirma que los hombres sólo tienen que creer para que se cambie
todo el curso de su existencia. Nadie va a cambiar su vida meramente por creer.

Yo le respondí que creía poderle convencer en menos de dos minutos que el evangelio
decía la verdad, y entonces le dije:

Entendámonos bien. Usted dice que a un hombre no lo afecta lo que cree, y que ello no
ha de cambiar el curso de sus acciones.

– Así es.

– Supongamos, entonces, que un hombre se asomara a esta puerta y nos dijera que la
casa se esta incendiando. Si usted creyera sus palabras, saltaría por la ventana para
ponerse a salvo, ¿no es cierto?

– Ah, – respondió-. No se me había ocurrido pensar de esa manera. Es que las creencias,
la fe, son la base de la sociedad, del comercio y de todo.

Nuestra Esperanza

Una hermosa niña de quince años se enfermó repentinamente, quedando casi ciega y
paralizada. Un día escuchó al médico de cabecera, mientras le decía a sus padres: –
Pobre niña; por cierto que ha vivido ya sus mejores días.

– No, doctor – exclamó la enferma-, mis mejores días están todavía en el futuro. Son
aquellos en los cuales he de contemplar al Rey en su hermosura. Esa es nuestra
esperanza. No seremos aniquilados. Cristo resucitó de entre los muertos como garantía
de que nosotros también resucitaremos. La resurrección es el gran antídoto contra el
temor de la muerte. Nada puede reemplazarla. Las riquezas, el genio, los placeres
mundanales, no nos pueden traer consuelo en la hora de nuestra muerte. El Cardenal
Borgia exclamó al morir: – ¡En mi vida he preparado para todo menos para la muerte y
ahora, ¡Ay de mí!, no me encuentro listo!

Comparemos estas palabras con las de uno de los primeros discípulos: «Estoy cansado.
Quiero dormir. Buenas noches.» Estaba seguro de despertar en una tierra mejor.

El Eco

Quizás ustedes hayan oído el cuento del muchacho que vivía en un bosque. Un día
creyó escuchar la voz de otro chico, allá a lo lejos. Gritó – ¡Hola! ¡Hola! – y la voz le
respondió – ¡Hola! ¡Hola! – El niño no sabía que se trataba del eco de su propia voz, y
entonces comenzó a gritar insultos que eran contestados inmediatamente.

Después de un rato, entró a su casa y le contó a la madre que había un muchacho muy
malo en el bosque. La madre, que comprendió el caso, le dijo que le hablara
bondadosamente al muchacho para ver si le respondía del mismo modo.

El chico salió de nuevo, hizo la experiencia, y encontró que sus palabras de cariño eran
contestadas de la misma manera.

Este cuento es bastante ilustrativo. Algunos de ustedes piensan que tienen vecinos
malos y desagradables. Es probable que la dificultad esté en ustedes mismos. Si ustedes
aman a sus prójimos, ellos han de amarles a ustedes.